viernes, 19 de noviembre de 2010

DE PIE !!!!!!



DE PIE!!!! HABLAMOS DE DON ARTURO ILLIA!!!!!!!
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Nov. 15 2010 | Alfredo Leuco
Illia en pijamas
El sábado, en su glorioso recital, Jairo contó una vivencia estremecedora
de su Cruz del Eje natal. Una madrugada su hermanita no paraba de temblar mientras se iba poniendo morada. Sus padres estaban desesperados. No sabían que hacer. Temían que se les muriera y fueron a golpear la puerta de la casa del médico del pueblo. El doctor Arturo Illia se puso un sobretodo sobre el
pijama, se trepó a su bicicleta y pedaleó hasta la casa de los González.
Apenas vio a la nenita dijo: “Hipotermia”. “No se si mi padre entendió lo que esa palabra rara quería decir”, contó Jairo. La sabiduría del médico ordenó algo muy simple y profundo. Que el padre se sacara la camisa, el
abrigo y que con su torso desnudo abrazara fuertemente a la chiquita a la que cubrieron con un par de mantas.

“¿No le va a dar un remedio, doctor?”,
preguntó ansiosa la madre. Y Arturo Illia le dijo que para esos temblores
no había mejor medicamento que el calor del cuerpo de su padre.
A la hora la chiquita empezó a recuperar los colores. Y a las 5 de la
mañana, cuando ya estaba totalmente repuesta, don Arturo se puso otra vez
su gastado sobretodo, se subió a la bicicleta y se perdió en la noche. Jairo
dijo que lo contó por primera vez en su vida. Tal vez esa sabiduría popular,
esa actitud solidaria, esa austeridad franciscana lo marcó para siempre.
El teatro se llenó de lágrimas. Los aplausos en la sala denotaron que gran
parte de la gente sabía quien había sido ese médico rural que llegó a
ser presidente de la Nación. Pero afuera me di cuenta que muchos jóvenes
desconocían la dimensión ética de aquél hombre sencillo y patriota. Y
les prometí que hoy, en esta columna les iba a contar algo de lo que fue esa
leyenda republicana.

Llegó a la presidencia en 1963, el mismo año en que el mundo se conmovía
por el asesinato de John Fitzgerald Kennedy y lloraba la muerte del Papa Bueno,
Juan XXIII.

Tal vez no fue una casualidad. El mismo día que murió Juan XXIII nació
Illia como un presidente bueno. Hoy todos los colocan en el altar de los
próceres de la democracia.

Le doy apenas alguna cifras para tomar dimensión de lo que fue su gobierno.
El Producto Bruto Interno (PBI) en 1964 creció el 10,3% y en 1965 el 9,1%.
“Tasas chinas”, diríamos ahora. En los dos años anteriores, el país
no había crecido, había tenido números negativos. Ese año la desocupación era
del 6,1%. Asumió con 23 millones de dólares de reservas en el Banco Central y
cuando se fue había 363. Parece de otro planeta. Pero quiero ser lo mas
riguroso posible con la historia. Argentina tampoco era un paraíso. El
gobierno tenía una gran debilidad de origen. Había asumido aquel 12 de
octubre de 1963 solamente con el 25,2% de los votos y en elecciones donde
el peronismo estuvo proscripto.

Le doy un dato más: el voto en blanco rozó el 20% y por lo tanto el
radicalismo no tuvo mayoría en el Congreso. Tampoco hay que olvidar el
encarnizado plan de lucha que el Lobo Vandor y el sindicalismo peronista
le hizo para debilitarlo sin piedad. Por supuesto que el gobierno también
tenía errores como todos los gobiernos. Pero la gran verdad es que Illia fue
derrocado por sus aciertos y no por sus errores. Por su histórica honradez,
por la autonomía frente a los poderosos de adentro y de afuera. Tuvo el
coraje de meter el bisturí en los dos negocios que incluso hoy más
facturan en el planeta: los medicamentos y el petróleo. Nunca le perdonaron tanta
independencia. Por eso le hicieron la cruz y le apuntaron los cañones. Por
eso digo que a Illia lo voltearon los militares fascistas como Onganía que
defendían los intereses económicos de los monopolios extranjeros. El lo
dijo con toda claridad: a mi me derrocaron las 20 manzanas que rodean a la casa
de gobierno.

Nunca más un presidente en nuestro país volvió a viajar en subte o a
tomar café en los bolichones. Nunca mas un presidente hizo lo que el hizo con
los fondos reservados: no los tocó. Nació en Pergamino pero se encariñó con
Cruz del Eje donde ejerció su vocación de arte de curar personas con la medicina
y de curar sociedades con la política. Allí conoció a don González el padre
de Marito, es decir de Jairo. Atendió a los humildes y peleó por la libertad
y la justicia para todos.

A Don Arturo Humberto Illia lo vamos a extrañar por el resto de nuestros
días. Porque hacía sin robar. Porque se fue del gobierno mucho mas pobre
de lo que entró y eso que entró pobre. Su modesta casa y el consultorio
fueron donaciones de los vecinos y en los últimos días de su vida atendía en la
panadería de un amigo. Fue la ética sentada en el sillón de Rivadavia.
Yo tenía 11 años cuando los golpistas lo arrancaron de la casa de gobierno.
Mi padre que lo había votado y lo admiraba profundamente se agarró la cabeza
y me dijo:
- Pobre de nosotros los argentinos. Todavía no sabemos los dramas que nos
esperan.

Y mi viejo tuvo razón. Mucha tragedia le esperaba a este bendito país. Yo
tenía 11 años pero todavía recuerdo su cabeza blanca, su frente alta y su
conciencia limpia.

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