martes, 10 de agosto de 2010

SOBERANA DE LA NADA


Río Negro - 10-Ago-10 - Opinión

Editorial
Obsesionada por la imagen

Convencidos como están de la necesidad de contar con enemigos lo bastante temibles como para asustar a los votantes, desde mayo del 2003 los Kirchner han probado suerte con una variedad llamativa de cucos, dando a entender sucesivamente que la alternativa a su "modelo" sería una dictadura militar, un esquema "neoliberal" despiadado, una oligarquía dominada por estancieros decimonónicos o un régimen corporativista manipulado por el CEO del Grupo Clarín, Héctor Magnetto. Con el fin de hacer creíble la noción de que los argentinos se dividen entre clarinistas malignos y anticlarinistas bonachones, la presidenta Cristina Fernández de Kirchner y su marido han emprendido una campaña furibunda, de legalidad a menudo dudosa, contra "el monopolio". Lo que quieren es hacer pensar que Clarín y otros medios que se resisten a plegarse a la causa oficialista o que lo hacen sin el fervor exigido forman parte de una conspiración "destituyente". Era de prever, pues, que Cristina encontrara siniestra la reciente reunión celebrada por Magnetto con Mauricio Macri, Eduardo Duhalde, Felipe Solá, Carlos Reutemann y Francisco de Narváez. En otras partes del mundo es habitual que los ejecutivos de medios de comunicación importantes intercambien ideas, y procuren defender sus intereses, con políticos opositores o con representantes del gobierno local, pero parecería que, para los Kirchner, en nuestro país esta costumbre democrática tiene connotaciones alarmantes. Según Cristina, el encuentro significó que los dirigentes políticos se han subordinado a "las corporaciones", lo que le da "mucho miedo". ¿De verdad? Puede que Magnetto, un empresario periodístico que, como es su derecho, procura incidir en la evolución política y económica del país, tenga sus propias prioridades que no son las de los Kirchner, pero es francamente absurdo suponer que es a su modo "el jefe de la oposición" y que un quinteto de aspirantes a la presidencia de la Nación son títeres obedientes en sus manos.

De todos modos, desde hace milenios es perfectamente normal que los dirigentes, trátese de tiranos sanguinarios o demócratas pacíficos, se preocupen por su propia imagen –algunos fueron a extremos megalómanos para cambiarla– pero en las sociedades democráticas modernas la mayoría entiende que no les convendría dejarse obsesionar por el asunto hasta tal punto que pierdan contacto con la realidad. Como muchos políticos han descubierto, aunque es posible engañar a la gente por cierto tiempo, tarde o temprano se dará cuenta si un gobierno insiste en procurar desviar la atención de problemas auténticos embistiendo contra enemigos ficticios. Es comprensible que Cristina quisiera que los medios de difusión se limitaran a cantarle loas y que a veces se sienta sumamente molesta cuando algunos manifiestan interés en asuntos que preferiría mantener ocultos, como la corrupción endémica, aquella "embajada paralela" en Caracas, la inflación y así por el estilo, pero sus intentos de intimidar a quienes insisten en informar al público sobre lo que está sucediendo no la ayudan a dar más brillo a su imagen. Antes bien, la hostilidad que claramente siente hacia la prensa independiente la ha desprestigiado internacionalmente y contribuyó mucho a la caída estrepitosa de sus índices de popularidad en la primera fase de su gestión.

Con cierta autocompasión, Cristina se imagina frente a una oposición cuya "virulencia" no tiene registro en los anales del país. Si realmente lo cree, sufre de amnesia: muchos otros presidentes, entre ellos Juan Domingo Perón, Arturo Illia, Isabel Perón, Raúl Alfonsín y Fernando de la Rúa, tuvieron que enfrentar opositores que eran mucho más virulentos que, en todos los casos, consiguieron desplazarlos, mediante un golpe militar o saqueos organizados, antes de la fecha fijada por la Constitución. Por lo demás, en los países de larga tradición democrática es común que los contrarios a los presidentes o primeros ministros de turno se expresen con mayor contundencia que aquí; hasta ahora cuando menos, Cristina no ha sido blanco de nada comparable con el abuso que todos los días tuvieron que soportar George W. Bush, George Brown, Silvio Berlusconi y, últimamente, Nicolas Sarkozy. Mal que le pese a la presidenta, convivir con una oposición "virulenta" es uno de los gajes del oficio que eligió.

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