jueves, 19 de julio de 2007

LAS BALAS COMENZARON A ENTRAR

Tanto los desvergonzados garabatos del Indec como los controles de precios (medida dirigista y por ende inservible) ya no pueden tapar lo obvio. La inflación se dispara todos los días por encima de los devaluados salarios y el régimen (quien practica la demagogia sin sutilezas) ya anticipó que aumentará las tarifas de los servicios públicos pero “después de las elecciones”, a efectos de que el vulgo que los vota se lleve el chasco hiperinflacionario “ex post facto”. - ¿Y ahora?, se preguntará el sufragante kirchnerista tras la estampida de precios post-electoral. -“Pito-catalán” responderá la flamante Presidente conyugal y su renovada corte de alcahuetes inmediatos.

Sin embargo, a pocas semanas de la contienda electoral, no sólo la economía comienza a hacer agua tras casi un quinquenio de artilugios populistas, sino que los desparpajos y felonías ya trascienden más allá del microclima gubernamental.

El Ministro de Planificación Julio de Vido (el “cajero del gobierno” según palabras de Elisa Carrió) acaba de ser “escrachado” en el periódico domincal PERFIL, no por la evidente implosión de los servicios energéticos sino por informarse que el mentado burócrata cobra 8500 pesos mensuales y alquila un piso por 9.000 pesos por mes.

En otro Ministerio, después de redondear en el aire excusas asombrosas para justificar la bolsa de dinero hallada en su toilette, Felisa Micelli tuvo que renunciar a su cargo a efectos de aminorar el costo político que implicaba proseguir en la función pública ante tan fundadas sospechas de corrupción. Los mismos pasos pareciera seguir la experta en nepotismo Romina Picolotti, Secretaria de Medio Ambiente, quien al igual que “la bolsera” Micelli, también goza del respaldo incondicional del “noventista” Alberto Fernández, este último ex Diputado del partido comandado por el tecnócrata Domingo Cavallo.
No pocas voces sugirieron que Picolotti es la “María Julia” del kirchnerismo, pero olvidaron enunciar que María Julia habría cometido dos errores:

1) el que le adjudicó la justicia y por eso la condenó

2) no ser peronista y por ende carecer de fueros de inmunidad.

Los casos antedichos son distintos. Nadie que tenga un poco de realismo político cree que Picolotti (o el funcionario que sea) caiga preso por más escandaloso que resulte el episodio investigado.

Por lo pronto, los millonarios “fondos de Santa Cruz” presuntamente depositados por Néstor Kirchner en el extranjero, siguen en la nebulosa y su paradero es tan incierto como el del albañil Julio López, otro enigma que el régimen nunca pudo explicar (al igual que el culebrón del caso Geréz). Ante tanta ignominia impune, alguien del gobierno se preguntó in pectore ¿acaso nos vamos a escandalizar por 60.000 dólares olvidados bajo el inodoro?

Sin embargo, los magistrados judiciales parecieran estar comenzando a perder el pánico de a poco, y así están investigando (aunque sea desde una perspectiva paródica) tanto a Picolotti (con su consiguiente colección de consanguíneos, amigos y amigotes) como a Micelli y su bolsa de la fortuna. De manera similar, también el poder judicial se está ocupando de las irregularidades acaecidas en torno a los coeficientes del INDEC (del que Guillermo Moreno sería responsable) .
Pero en el medio de un bazar con ollas que se destapan debilitando al matrimonio presidencial en campaña, nada mejor que distraer a la opinión pública haciendo bambolla ideológica con el revanchismo setentista.

Para tal fin, la Corte oficialista (de la que Kirchner puso 4 miembros sobre 7) acaba de quitar de manera selectiva los efectos jurídicos a los indultos que, el ex presidente peronista Carlos Menem había dictado en los años 90` para reconciliar los espíritus de la guerra antiterrorista acaecida tres décadas atrás.
Con este fallo (más político que jurídico), el máximo tribunal desconoció ex profeso tres principios fundamentales del derecho constitucional:

1) el principio de irretroactividad de ley,

2) el principio de cosa juzgada,

3) el principio de igualdad ante la ley (al sostener que para los terroristas los indultos valen y para quienes los combatieron no).

En el plano estructural, el sistema eléctrico comienza a estallar (Bariloche y zonas de Santa Fe se quedaron varias horas sin luz), se prohíbe la venta de GNC de manera fragmentada, y el sistema telefónico y de Internet andan con una deficiencia tal, que sólo se lo puede comparar al servicio de transporte aéreo en manos del Ministerio de Defensa, capitaneado (con radar en ausencia) por Nilda Garré, otrora cuñada del asesino material del General Pedro Eugenio Aramburu.

Todo esto y mucho más aun no logra despertar la sana reacción de una mansa clase media que (mientras no estallen las desbordadas usinas y la hiperinflació n) disfruta de un precario confort sostenido con ganchos y alfileres. Pero a contrario sensu, las clases bajas (precisamente el grueso de los votantes del régimen) con tanta desesperación como tesón juntan monedas tras moneda para calmar el frío pagando el exorbitante precio de las garrafas domésticas.

Multimedios tradicionalmente adictos al gobierno parecen empezar a soltarle la mano y de repente encontramos malas noticias en las tapas de los diarios más taquilleros. ¿Qué está pasando en Argentina? Ya casi nadie del periodismo, por más compromisos que tenga, quiere pagar el costo de hacer el ridículo defendiendo lo indefendible o tapando lo “intachable”.

Antes de lo pensado, el oficialismo ya no resulta tan omnímodo y le empiezan a entrar las balas de manera multilateral y secuencial. El populismo se puede mantener en el poder en tanto y en cuanto haya espacio para entretener a la multitud con un perecedero bienestar prebendario, pero la inflación, el estallido energético y los escándalos que día a día van dándose a conocer, empiezan a poner al desnudo las alquimias del clientelismo organizado.
Faltan tres meses, no sabemos cuanto más se resentirá el oficialismo en cuanto a intención de votos, pues el populismo sin la consiguiente anestesia dadivosa cae en abstracto.

Este régimen no tiene (y nunca tuvo) adherentes convencidos, sino militantes rentados y periodistas alquilados. El grueso de sus defensores lo han sido por mandato no de excelsos apotegmas filosóficos sino de la billetera estatal, y como decía Otto Von Bismark “Todo hombre es tan grande como la ola que ruge debajo de él”, y debajo de los Kirchner, “la ola” no está compuesta por lealtades impolutas, sino por un tropel de arribistas, mercenarios y sirvientes rentados de diversas escalas y jerarquías (cuyo rango va desde el Ministro obediente hasta el famélico indigente que asiste a los actos a cambio del choripán reglamentario) que, en la primera de cambio los traicionarán sin la menor sutileza, tal como lo han hecho cuando ayer “trabajaban” para Menem y luego para Duhalde. Los peronistas suelen festejar con toda simbología, fanfarria y liturgia, precisamente lo que nunca sostienen ni practican: la lealtad.

Todo indica que el régimen ha comenzado a debilitarse sin retorno, pero sin embargo, éste tiene un aliado involuntario que pareciera esforzarse bravamente para que el kirchnerismo conserve el poder por cuatro años más: las inorgánicas, multifacéticas y amilanadas “fuerzas” de la oposición.

Ora por conformismo, ora por ausencia de coraje cívico, o por la causa que se quiera, gran parte de nuestra anestesiada sociedad prefiere conservar su condición de súbdito del despotismo iletrado antes que padecer las incertidumbre inherentes a todo cambio. Y en esto, gran parte de la culpa la tiene la oposición, que en lugar de portar una imagen tranquilizadora y transmisora de seguridad, se la pasa exhibiendo zozobras ideológicas, políticas y discursivas. El régimen está dando muchas ventajas, pero aun falta alguien que las capitalice. En tanto, los días corren.

Nicolás Márquez, abogado, autor de los libros “La Otra Parte de la Verdad”(Sexta Edición) y “La Mentira Oficial” de reciente aparición.

Gentileza en exclusiva para NOTIAR de www.nicolas- marquez.com. ar

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