“Señora, usted cocina muy bien, pero hágalo en su casa”
La Presidenta dio cátedra y convirtió el décimo turno de palabra en escuela de gobierno. Se permitió, incluso, ponerle un mote a la crisis que tiene en vilo a los mercados mundiales.
Por Susana Viau
Igual que si fuera uno más de los centenares de discursos pronunciados en los clubes del conurbano, ante la Asamblea de las Naciones Unidas la Presidenta improvisó. La escuchó una platea escuálida y se excedió quince minutos en el tiempo asignado a su intervención. Pero valió la pena: dio cátedra y convirtió el décimo turno de palabra en escuela de gobierno. Se permitió, incluso, ponerle un mote a la crisis que tiene en vilo a los mercados mundiales. A casi todos, porque aquí, gracias a Dios y a la prodigiosa administración “K”, las cuentas están en orden y a salvo de sismos financieros. Bendito país, territorio libre de inflación, de desempleo y del efecto “jazz”. Así nomás, con una sonrisa pícara y sobradora, bautizó la primera mandataria el desplome de las economías. Lo hizo luego de enumerar el “efecto caipirinha”, el “efecto tequila” y el “efecto arroz”, que, por lo que se pudo inferir, serían fórmulas usadas por el Primer Mundo para escarnecer las desgracias del tercero.
Tuvo razón Martín Caparrós al protestar por el sarcasmo: lo de “jazz” no fue adecuado ni ingenioso. Para colmo, tampoco fue lo peor. Lo peor es la frecuencia con que Cristina Fernández olvida el modo en que su rango obliga a tratar las cuestiones que hacen a la vida de otros pueblos y a los jefes de otros gobiernos. La Presidenta llega tarde a las audiencias que le conceden sus anfitriones, hace esperar a sus visitantes, reta a sus huéspedes y deja de a pie a la oposición, que desde hace tiempo ha sido excluida de la comitiva en los viajes de Estado. Ahora, además, se vanagloria desconociendo que “tequila”, “caipirinha”, “arroz” son denominaciones usadas por los periodistas, los consultores, los economistas free-lance y los divulgadores; fórmulas publicitarias, inapropiadas en boca de un gobernante. Su ministro de Relaciones Exteriores debió habérselo advertido a tiempo, aunque es probable que Jorge Taiana ni siquiera haya sido consultado. Semejante línea argumental sólo puede haber nacido en la intimidad de los aposentos, con la asistencia intelectual del esposo (“ese hombre que está sentado ahí”) y en medio de la algarabía de los funcionarios de confianza, admirados por lo que suponen es la audacia de ir a cantar las cuarenta en el corazón del capitalismo.
En el País Vasco, las “sociedades” (sociedades gastronómicas, en las que las ollas y los fuegos sólo les están permitidos a los hombres) suele haber un cartelito que advierte: “Señora, usted cocina muy bien, pero hágalo en su casa”. No estaría de más parafrasearlo y sugerirle a la Presidenta que ya está bien de experimentos. Nadie le discute su derecho a hablar sin libreto, pero sería conveniente que lo evitara cuando lo hace en nombre de la Nación. Que no obligue a sus conciudadanos a extrañar la respetuosa firmeza con que Evo Morales, un sindicalista que no pisó la universidad, suele defender la dignidad de su gente; que no los ponga en situación de envidiar la claridad con que Lula da Silva, un ex obrero metalúrgico, un dirigente gremial, entiende la importancia de su rol y expone los intereses de su país; que no los empuje al determinismo de pensar que lo que natura non da, Salamanca non presta.
Fuente Crónica
Un envío de Jorge Daffra
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