El mundo cruje, y la Argentina marcha hacia ajustes inevitables
Por: Alcadio Oña
Aterrizaje suave, desacople, viento de cola. Palabras, palabras de economistas que en algún momento sonaron alentadoras y hasta pudieron tener cierto sentido. Hoy, imágenes del pasado.
Aterrizaje desconocido, cualquier cosa menos suave, es el de la imponente crisis internacional. Desacople fue una ficción según la cual las economías emergentes --incluida la propia-- estaban lo suficientemente sólidas, esta vez, como para quedar al margen de lo que ocurriese en Estados Unidos y Europa; nada menos que de lo que ocurriese en el centro del mundo. Y viento de cola, la presunción, entre otras, de que la demanda pujante de alimentos y los precios altos habían llegado para quedarse y que la Argentina sacaría partido de unas ventajas incomparables: tal vez la demanda no ceda tanto, pero los precios están en caída libre y ya bien lejos de los récords rutilantes de apenas unos meses atrás.
Mientras nadie sabe cuántos y quiénes son los que aún agonizan debajo de la alfombra, entraron a tallar fuerte las derivaciones del terremoto que arrancó con las hipotecas basura. Tras el derrumbe de las acciones de los bancos, estos días también se desplomaron las de grandes compañías industriales y petroleras. Cruje el crédito a las empresas y se aumentan de apuro las garantías de los depósitos para evitar corridas. Desempleo. Bancos que no prestan a otros bancos por temor a que el acreedor caiga en situación de insolvencia o para preservar su propia estabilidad. Claramente, efecto dominó.
Los países centrales han puesto montañas de plata sin que siquiera hayan podido darle un cauce a la crisis, a una crisis que un día aparece por un lado y al siguiente por otro distinto. Es lo que hasta ahora se ve: sea porque no logran torcer las expectativas, porque Gerge Bush ya es incapaz de convencer a nadie o, sencillamente, por las propias ramificaciones de la enfermedad. Si hasta puede pasar que, por su magnitud, los rescates provoquen el efecto contrario al que se pretende: que estimulen la incertidumbre.
Y si la crisis no va para depresión global, lo que ya está a la vista es su impacto sobre las economías reales.
La recesión norteamericana se perfila inevitable. Europa ya vive un ambiente recesivo y está descontado que el parate se extenderá a 2009. Según estimaciones de fuente europea, China --la gran demandante de soja argentina-- no crecería más de 7 % en 2009, contra 9% o 10% de 2008. Para los países considerados subdesarrollados, el bajón se calcula en al menos en dos puntos, tal vez mayor en Brasil. Son proyecciones recientes, aunque probablemente no han computado lo que sucedió estos días.
En este mundo hostil se moverá, acoplada, la Argentina. Es dependiente de granos --soja, trigo, maíz-- cuya cotización ha caído 40 % desde los picos de mediados de año. Y muy dependiente, por el peso que esas exportaciones y las retenciones tienen en los superávits comercial y fiscal, claves para la sustentabilidad de la economía.
Nada terminal, sólo para tomárselo muy en serio. Pero a la vez nada parecido al ahora insostenible pregón sobre la invulnerabilidad, por muy ciertas que sean la imprevisión de los líderes del Primer Mundo, la fenomenal timba consentida y el desprecio por las regulaciones del Estado.
Analistas locales prevén un mundo con dólar más fuerte, repliegue de inversiones, endurecimiento del crédito, menor demanda de productos argentinos. En sus palabras, "el Gobierno tendrá un menú de opciones notoriamente más estrecho".
Ciertamente, el Estado argentino ha vivido todo este tiempo sin crédito internacional. El canje con los bonistas, más la reprogramación de deudas, que representan fondos frescos y mayores plazos de pago, aliviarían el horizonte financiero hasta entrado el 2010. Claro está, si eso sale tal cual fue planeado. Pero la necesidad de preservar reservas valiosas, en un escenario dislocado, habría barrido con el pago cash al Club de París: ahora mandan otros vencimientos de la deuda que se vienen.
Una subida del dólar afuera, mayor a la que hay, pegará en el tipo de cambio y forzará malabares del Banco Central, ahora con un margen de riesgo amplificado. En este mundo apretado, se achicará el superávit comercial --muy atado a precios externos-- y serán necesarios ajustes para sostener el saldo fiscal. Vientos huracanados de frente, nada de cola, sobre una economía ya en proceso de desaceleración.
Habría que agregar al menú lo que pueda ocurrir en Brasil. Tiene sus cuentas externas comprometidas y ha sufrido una devaluación obligada del 26 % en tres meses. Este ajuste cambiario, más el previsible repliegue de su economía, implicarían menores exportaciones argentinas y presión de los bienes que las empresas brasileñas no puedan colocar en el mercado propio. Casi el 20 % de las exportaciones argentinas totales va a Brasil. Y el 30 % de las importaciones viene de allí.
Así se lo pretenda un juego de factores exógenos, sin responsabilidades propias, lo cierto es que la dinámica de los acontecimientos impondrá ajustes aquí. Adicionales a los que ya hubo, en eso que se suena a un Plan B de hecho. Es lo que parece venir, inevitablemente. Y todo con independencia de la voluntad del Gobierno y del discurso oficial.(Clarín)
sábado, 4 de octubre de 2008
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