jueves, 27 de enero de 2011

LA INFLACIÓN


Una superstición popular que profesamos los argentinos es que en Enero nada puede suceder y quizá en Febrero tampoco. ¿Por qué? Porque estamos de vacaciones. Aunque no lo estemos, aunque para una inmensa mayoría sea un tiempo de trabajo como cualquier otro. Pero el sólo hecho de conocer a alguien que está holgando en la Costa Atlántica, Uruguay, Brasil o Chile, ya permite suponer que las cosas no deben funcionar como debieran, es decir: en época de trabajo, cuando tampoco lo hacen pero por otras razones.

Hasta la efervescencia preelectoral parece haberse calmado, en la idea de que cualquier “rosca” política sólo puede hacerse en estos tiempos en un entorno de mar y arena.

Pero en toda casa vacía quedan, al menos, los fantasmas, y el de la inflación no será como el de la ópera pero deambula a sus anchas, asustando a quienes no se fueron, y parece ser mucho más temible.

Con la ayuda del fondo o sin ella el INDEC sigue explicando que en 2010 sólo tuvimos un 10% de inflación. Nadie entiende, entonces, que los gremios cercanos al poder sigan reclamando aumentos con porcentuales que llegan al 30%.

Esta diferencia de dioptrías entre el INDEC y el particular que mide a través de las góndolas del súper mercado o los analistas privados puede haber tenido algún antecedente lejano pero, al ritmo actual, se da desde que Guillermo Moreno, secretario de comercio interior, lo interviniera cuatro años atrás por orden de Néstor Kirchner. Así, desde 2007 a la fecha, el instituto reconoció sólo un 39% del 120% que acusa la realidad.

Nada es gratis. Esta miserable jugarreta le permitió al estado nacional quedarse con 23.500 millones de deuda pública que se ajustaban acorde la variación inflacionaria mientras los privados (los pobres también lo son) fueron quienes debieron sufrir y asumir los costos de la economía real.

Esa falacia reivindicatoria de los necesitados que tanto gusta declamar al gobierno, no es sino una burla despiadada a quienes en el día a día deben enfrentar la alimentación, el techo, y la salud. Muchos debieron resignar la posibilidad de educación y también las esperanzas del ascenso de clase, aquella extraña virtud argentina que permitía la migración social de quienes se afanaban en pos de sus objetivos.

Mientras tanto el estado, jugando con la emisión y el tesoro, mantiene un dólar bajo al cual recurre para hacer creer la ficción de una economía floreciente. De ahí la inquebrantable voluntad de seguir echando mano a los commodities y el control de las exportaciones.

Aunque el dólar siempre fue un ícono local, la realidad pasa hoy por la canasta familiar y la posibilidad de cubrir las necesidades básicas. Si cuando termine el verano la realidad sigue endureciéndose será difícil el comienzo del año lectivo y también laboral, especialmente en un marco preeleccionario.


(c) JORGE MILIA

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