miércoles, 13 de agosto de 2008

SAN MARTÍN

General José de San Martín (1778-1850)



El Hombre



En los actuales momentos en los que la dignidad y la felicidad de los argentinos están a igual distancia del individualismo abstracto que del gregarismo masificante, en el cual, día a día, se van incorporando personajes que antes lo eran solamente de obras de ficción: aventureros nacionales e internacionales sin identidad definida integran hoy, súbitamente, la nueva clase propietaria; bufones e histriónicos de la farándula política, por el toque trágico de algún rey Midas, son elevados a la categoría de estadistas sociales y/o formadores de opinión con la finalidad de oscurecer, sembrar dudas y maledicencia del testimonio y del testamento político de San Martín, como así también, el de desprestigiar a figuras señeras de nuestra historia política.



Lo único cierto de cuanta historia se escribió, y aún se escribe, es su agonía política, su derrota ante los anglófilos que lo endiosaron en provecho propio, aún después de su muerte. Verdadera, fue su rebeldía en su largo y sufrido destierro y su adhesión incondicional a Rosas. En síntesis, verdadera fue su tentativa frustrada de mantener la integridad de los virreinatos del Perú y del Río de la Plata y de salvar la unidad de la América Española, frente a las poderosas fuerzas de los países hegemónicos que se propusieron y lograron justamente lo contrario.



El general D. José de San Martín vivió como dice su máxima, “de tal suerte, que viva quedó en la muerte”.



En el mes del 158 aniversario de su muerte respaldo y honro su figura, y en los siguientes versos pretendo desagraviar al Hombre que encierra esa figura.




Al General Don José de San Martín


MI General,

Cada vez que saludo tu memoria

Ante la urna que tu cuerpo encierra,

Gran Capitán y padre de esta tierra,

Hombre cabal de noble trayectoria,

me embarga una emoción contradictoria

de admiración y rabia que me aferra

a un dolor que me aplasta y desentierra

una pena total por nuestra historia.

¿Cómo puedes dormir en esta urbe

apátrida y falaz sin que se turbe

tu sueño americano de grandeza?.

¡Levántate Señor!, empuña el sable,

y sacude a esta raza deleznable,

sumida en la miopía y la pereza.


En azul y blanco, HUGO CESAR RENES

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