sábado, 26 de abril de 2008

EL BRUTO KIRCHNER

La brutal claridad de Néstor Kirchner
POR SERGIO SERRICHIO
El (¿ex?) Presidente no exhibe en su diccionario personal el repertorio de palabras que le gusta desplegar a su esposa la (¿ex?) Presidenta, pero sus discursos dicen mucho más sobre el futuro inmediato de la Argentina.


CIUDAD DE BUENOS AIRES (Los Andes). Diferencia de géneros aparte, Néstor Kirchner no viste tan bien ni habla tan florido como su esposa, la presidenta Cristina Fernández de Kirchner. En la módica verba del (¿ex?) Presidente no hay confrontación de “relatos” ni disquisiciones sobre la pertenencia generacional e ideológica a la “modernidad”. Las cosas se ven o no se ven, pero nunca se “visualizan”. No hay silogismos ingeniosos ni interpelaciones desafiantes a la racionalidad. El “modelo” se defiende con uñas y dientes y se mide en caja, en saldos fiscal y comercial, en empleos y salarios, pero nunca se define con palabras tan precisas, casi científicas, como las de Cristina: “de acumulación con inclusión social”.

La “calidad institucional” sí aparece, pero como recado para ella, que de esas cosas supuestamente sabe, y hasta por ahí algún día lo va a demostrar.

Pero las palabras de Néstor Kirchner tienen la virtud de la claridad brutal, de la ausencia de subterfugios, de la omisión de falsas sutilezas. Por eso los discursos que el (¿ex?) Presidente profirió el jueves en Ezeiza, en un acto cargado de liturgia y simbología peronistas, y ayer en Mendoza, dijeron más que la decena que la Presidenta de la Nación pronunció en el último mes y medio, cuando -primero- el gobierno y el campo y -después- la Argentina toda, fueron entrando en una vorágine de confrontación de la que difícilmente el país saque algún resultado positivo.

Así hablaba Néstor

Hasta el jueves, por ejemplo, el Gobierno trataba -sin demasiado éxito, es cierto- de mantener cierto decoro y formalidad cuando sugería, insinuaba, afirmaba sin afirmar, demostraba sin demostrar, que la humareda originada por la quema de pastizales era culpa de los insaciables productores agropecuarios.

La Presidenta, adecuadamente filmada con sus gafas oscuras, en gesto adusto y preocupado, condenó la “irracionalidad” de los incendios. De las retenciones ya había dicho una y otra vez, de pura vocación pedagógica, que son “redistributivas”.

Escuchemos, en cambio, a Néstor Kirchner dirigiéndose al campo:
“No corten más rutas, no quemen más campos, no nos llenen de humo”.
“Se murieron diez argentinos en accidentes por la irresponsabilidad de algunos que están detenidos y otros prófugos quemando sus campos”, continuó el (¿ex?) Presidente, endilgando sin vuelta las muertes a los productores agropecuarios en su conjunto.

“¿Por qué nos llenaron de humo, nos desabastecieron, por qué subieron los precios?”, insistió, sin preguntarse qué hizo el Estado en las dos semanas que el humito se fue transformando en humareda y cuatro focos se multiplicaron hasta llegar a quinientos, ni datar el origen de los problemas de abastecimiento e inflación, muy anteriores al paro y los cortes de ruta del campo, aunque obviamente potenciados por éstos.

“Quieren que en la mesa de los argentinos no tengamos las cuestiones mínimas, quieren exportar todo. No les importa el estómago y el bolsillo de los argentinos”, dijo el (¿ex?) Presidente sin rodeos oratorios en Ezeiza.

“Cuando alguien tiene que estar armado, no tiene razón. No creemos en la violencia”, dijo Kirchner, en un tono que desmentía sus palabras y en alusión a las palabras del hoy procesado (por “acopio de armas e incitación a la violencia”) Alfredo De Angeli, cuya conducta Cristina había calificado, exquisitamente, de “predemocrática”.

Pero volvamos a Néstor, quien el viernes en Mendoza prometió -en un tono y una conjugación indistinguibles de las de un Presidente en ejercicio- que el Gobierno va a dar “una batalla nacional contra quienes quieren encarecer los productos”.

El discurso de Ezeiza precipitó, ya se sabe, la renuncia del ex ministro de Economía, Martín Lousteau, y su rápido reemplazo, decidido en la mesa chica de Olivos, por Carlos Fernández, un eficiente técnico y funcionario que se ganó la confianza del (¿ex?) Presidente informándole casi a diario el estado de “la caja” nacional.

Condenado a la irrelevancia, incluso al rol de hazmerreír, Lousteau tuvo un arrebato de aparente dignidad (“aparente”, porque lo decisivo habría sido el cálculo personal de un futuro cargo en un organismo internacional) cuando le presentó la renuncia a la presidenta Cristina Fernández advirtiéndole que el tiempo para combatir en serio la inflación ya se acortó demasiado.

Lo importante, de cara al futuro inmediato, es que el ingreso de Fernández no supone ningún cambio a la situación preexistente. Kirchner, como no lo hicieron Cristina ni ninguno de sus ministros, marcó de modo inequívoco la agenda social, política y económica de los próximos meses.

La Argentina seguirá transitando el camino de la confrontación, de la recriminación mutua, de la búsqueda de culpables (pero no de justicia). Un clima adverso a la templanza necesaria para afrontar los problemas, al debate sobre los métodos y políticas y al esfuerzo para las soluciones. El país viene de más de 60 meses consecutivos de crecimiento, pero es difícil notarlo entre tanta crispación y desencanto.

En Paraguay, un país mucho menos favorecido por la naturaleza, el triunfo de Fernando Lugo es un soplo de esperanza. En Bolivia, los problemas de Evo Morales son en parte imputables a cierta impericia, pero reflejan divisiones reales y profundas. Brasil, Chile, Uruguay y Perú están también exigidos por el desafío que les plantea la suba mundial de los alimentos, que enfrentan en condiciones menos favorables que nosotros, pero allí expresar diferencias no se asimila al golpismo.

El país de los Kirchner es tal vez el único del vecindario que hace esfuerzos para procurarse una crisis que, afortunadamente, todavía le es esquiva, pese a los indudables méritos del Gobierno.

Como detalle de cierre y evidencia, vale mencionar la demora del Ejecutivo K en implementar una ley sancionada el 26 de diciembre pasado, por iniciativa de la oposición, para evitar que las cerealeras -en vez del fisco- se apropiasen de la suba de retenciones dispuesta en noviembre, cuando la alícuota sobre las exportaciones de soja pasó de 27,5 a 35%.

A cuatro meses vista, el Gobierno aún no implementó esa ley. Los exportadores podrían quedarse no sólo con esa diferencia, sino también con la posterior, la de las retenciones “móviles”, que llevó la alícuota promedio por arriba del 40%.

Ni la voracidad fiscal alcanza a veces para dejar atrás las taras de un Estado prepotente, pero a la vez bobo y atorrante. A menos, claro, que se trate de decisiones deliberadas.



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