La viveza, entre la inteligencia y la estupidez
Jorge A. Rojas
Este título no me pertenece. Le pertenece a Marco Denevi , quien hace mucho tiempo escribió un artículo para el diario La Na-ción. Me pareció oportuna su relectura, por lo menos en algunas citas que consideré centrales para poder reflexionar sobre la situación por la que actualmente estamos atravesando. . . . esto no lo escribió De-nevi en este tiempo, sino que además parecería que los argentinos seguimos preocupados por transitar siempre los mismos caminos, que no nos llevan más que a desembocar en los mismos resultados, sin advertir que solo logramos más de lo mismo, aunque tal vez espere-mos que mágicamente –por arte de birle y birloque- aparezca una so-lución distinta. Eso nos lleva a imaginar que inesperadamente se pre-sente en nuestra realidad la solución a todos nuestros problemas, desde luego sin haber hecho absolutamente nada – por lo menos nuevo- para eso.
Decía Denevi, por eso la importancia de rememorar aquel artí-culo, que frente a un problema concreto, la reacción mental del hom-bre inteligente es dinámica: buscará el camino de la solución, a me-nudo a través de exploraciones, de asedios desde distintos flancos, de razonamientos abandonados en un punto y recomenzados en otro, hasta encontrar la salida.
En latín, salida se dice exitus, que los ingleses tradujeron por exit. La inteligencia conduce al éxito.
Ese mismo idioma, tiene un verbo, stupere, que significa que-darse quieto, inmóvil, paralizado y, en sentido traslaticio, mentalmen-te detenido como delante de un carel que dijera stop.
De ahí deriva la palabra estúpido: hombre que permanece en-trampado por un problema sin atinar con la salida, aunque a veces adopte la agitación convulsa de una mariposa encandilada por una luz muy fuere o los movimientos desesperados de un animal dentro de una jaula. Hablo siempre de lo que ocurre en la mente. Las dos únicas reacciones del estúpido serán la resignación o la violencia, dos falsas salidas, dos fracasos.
Salvo casos patológicos, todos somos inteligentes respecto a un tipo de problemas y estúpidos respecto a otro tipo de problemas. Pero nuestra inteligencia y nuestra estupidez no dependen de nuestra moral. Hay inteligentes moralmente canallas y hay estúpidos moral-mente intachables.
Pero no querría pasar por alto un dato: sin el auxilio del inte-lecto, estos es de la capacidad de análisis crítico del problema, y sin la posesión de conocimientos relacionados con ese problema y adqui-ridos por experiencia propia, o por revelación ajena, la pura inteli-gencia no llegaría muy lejos en el camino del éxito. La estupidez, por más que acumule conocimientos, no sabe qué hacer con ellos. Y no es raro que un intelectual, ducho de análisis crítico, sea incapaz de hallar soluciones.
El desarrollo, en un mismo individuo, de la inteligencia, del in-telecto y de los conocimientos bien puede llamarse sabiduría, si no en la aceptación teísta que le dan las Escrituras, por lo menos como tributo humano susceptible de adquisición y de pérdida.
Con alguna frecuencia la realidad nos pone, de momento, men-talmente paralíticos. Es cuando decimos que estamos estupefactos, lo cual significa “estar hechos unos estúpidos”. La inteligencia, si la tenemos, vendrá a rescatarnos de esa pasajera estupidez que, por no ser insalvable, se llama estupefacción.
Situada a mitad de camino entre la inteligencia y la estupidez, la viveza comparte con la inteligencia, el dinamismo mental y, con la estupidez, la incapacidad de encontrar la solución a un problema. Se mueve, pero no en dirección e la salida ¿hacia dónde se dirige? Ese es su secreto, la fórmula que le permite ponerse a resguardo de la humillación y del desprestigio que sufre la estupidez.
La viveza, creo yo, es la habilidad mental para manejar los efectos de un problema sin resolver el problema. El hombre dotado de viveza, el vivo, no ejercita la inteligencia, sino un sucedáneo de la inteligencia, apto para entenderse con las consecuencias prácticas del problema, pero no con el problema mismo.
Dicho de otro modo, el vivo se mueve mentalmente en procura de cómo eludir los efectos del problema, de cómo (en la mejor de las hipótesis) volverlos beneficiosos para él o (en la peor) de como des-viarlos en perjuicio de un tercero. La viveza, pues, necesariamente se conecta con la moral. Sin el concurso del egoísmo no se puede ser vivo. Y para echarle el fardo al prójimo sin que éste se resista, es imprescindible cierto grado de inescrupulosidad y hace falta practicar algún género de fraude, siquiera verbal.
Observado durante un corto plazo, el vivo da la impresión de haber obtenido éxito, de ser inteligente; se desplaza entre los pro-blemas sin padecer las consecuencias o, mejor aún, sacándoles pro-vecho. Como el flujo de los efectos no se interrumpe, el vivo no pue-de entregarse a los ocios y recesos de la viveza. De ahí que se los suele calificar de “despiertos”.
Aparenta una brillantez mental que engaña a las miradas super-ficiales. El inteligente, cuando está armando sus estrategias para atacar un problema, parece amodorrado y, en comparación con el vi-vo, un poco estúpido.
Cuanto más complejo sea el problema, más exigirá del inteli-gente paciencia y esfuerzo, más lo someterá al silencioso y tedioso análisis crítico y al constante repaso de los conocimientos. La viveza no puede permitirse esas demoras. Los efectos prácticos del proble-ma no esperan mucho tiempo para hacerse sentir. De modo que el vivo está obligado a la rapidez y, consecuencia, a la improvisación de sus métodos por lo general empíricos. Otra vez el inteligente, compa-rado con el vivo, parecerá lento y hasta torpe. Si los efectos del pro-blema, por su magnitud o por su complejidad, sobrepasan las posibi-lidades de la viveza para eludirlos, para aprovecharlos o para torcer-los hacia un costado, el vivo, por fin acorralado como un estúpido, no sucumbe ni a la resignación ni a la violencia, no confesará jamás su fracaso, no devolverá las armas que esconde en su mente: buscará algún chivo emisario a quien cargarle la culpa.
En todas las sociedades conviven los inteligentes, los estúpi-dos y los vivos según proporciones distintas para cada una de ellas. Para Borges no había ningún italiano ni ningún judío estúpidos. Exageraba, sin duda. Pero ahora imaginemos un país ficticio donde, por razones genéticos o por razones históricas, los vivos estén en mayoría. Esbozaré la novela de lo que podría ocurrir en ese país imaginario.
Puesto que son mayoría unos vivos: ocupan el gobierno. Y otros vivos los eligen. Los vivos que los eligen, y por supuesto los estúpidos, incapaces de solucionar los problemas del país, los trans-ferirán a los elegidos. Y los elegidos, como vivos que son, se dedica-rán a lo suyo: ponerse a salvo de los efectos de los problemas, sa-carles provecho o desviarlos hacia los demás, así sean vivos, estúpi-dos o inteligentes.
Durante un tiempo los estúpidos parpadearán de catatonia men-tal, los inteligentes se sentirán marginados y los vivos tratarán de imitar la viveza de los gobernantes. Mientras tanto, los problemas, sin resolver, se acumulan, se multiplican, se superponen.
Hasta que, fatal, llega el día en que los problemas forman una pared compacta con un cartel que dice stop. Entonces los estúpidos, si no se resignan, se vuelven violentos. Los inteligentes toman su va-lija y huyen. Y los vivos corren de un efecto a otro efecto, vendando aquí, remendando allá, emparchando más allá. Dejan los bofes en ese desesperado ir y venir por entre el caos de los efectos sin con-trol. Y para disimular su impotencia recurren a los fantasmas de los chivos expiatorios y a un lenguaje esquizofrénico que, disociado de la realidad, seguirá pronunciando el discurso con que alguna vez em-baucaron a la estupidez.
Estúpidos de brazos cruzados o de varazos armados, inteligen-tes en fuga, los vivos parlanchines y desesperados: tal sería la ima-gen de ese país ficticio caído al pie del ominoso stop. Para él no habrá sino una solución, un grito de guerra: ¡La inteligencia al poder! Salvo que todos los inteligentes hayan huido, hipótesis que no parece verosímil, la novela podría tener un final feliz.
La contundencia de los aspectos centrales del trabajo de Dene-vi relva cualquier tipo de comentarios, y aunque pueda contemplarse dentro de la llamada “viveza”, otro de los aspectos que nos caracteri-za es la mentira, y conviene no obviarla, pues se convirtió en moneda corriente y dificulta la concordia.
Alguna vez citando a Carnelutti recordé que concordia y dis-cordia son dos palabras que, como la de acuerdo tienen una impor-tancia vital en el mundo del derecho, y provienen de “corde” (cora-zón), los corazones de los hombres se unen o se separan, la concor-dia o la discordia son el germen de la paz o de la guerra.
Y resulta oportuno advertir que todos los subsistemas que inte-gran el entramado social, el político, el judicial, el económico, etcéte-ra, por mencionar solo alguno de ellos, por el desborde al que se los expone, no pueden retroalimentarse para adaptarse a una nueva si-tuación –por inexistencia o por indefinida- y esa falta de equilibrio desemboca en el caos; sea porque se resigne la letra de nuestra ley Fundamental, sea por la anomia de la que hace gala la propia clase dirigente, sea por la justicia de hecho o vías de hecho que se utilizan, o simplemente porque resulta preferible resignar la letra de la ley.
La mayoría del pueblo argentino prácticamente absorta y estu-pefacta ante la realidad que nos toca vivir, se percibe claramente que no quiere ser absorbida por ella, porque la inteligencia debe primar para seguir trabajando por un país mejor, depende de que esa mayo-ría no se sienta doblegada en su ya larga paciencia y en sus esfuer-zos cotidianos, pensando en un país que sienta que existe futuro para nuestros jóvenes, con una mirada distinta –por inteligente- que no se enlode en la mezquindad que se patentiza en algunos dirigentes, o en la llamada viveza que nos sigue sumiendo en desventuras que todos sabemos que, por lo menos, queremos evitar.
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