LOS KIRCHNER CONSECHAN SU SIEMBRA
por Eugenio Paillet
El Fondo Monetario Internacional ha decidido dejar afuera a la Argentina de su gigantesco plan de salvataje para países emergentes que puedan sentir los efectos de la crisis financiera global. El juez neoyorkino Thomas Griesa dispuso el congelamiento de más de mil quinientos millones de dólares de las administradoras privadas de jubilación depositados en bancos norteamericanos que el gobierno pensaba repatriar para incorporar a sus arcas, por un reclamo de bonistas defaulteados. El jefe del gobierno de España, José Luis Rodríguez Zapatero le ha reclamado nomás a su par argentina en El Salvador por el destino de las inversiones españolas en nuestro país, amenazadas por rumores de olas estatizadoras y otras yerbas por el estilo.
Hace unos días, un “amigo de la casa” como es el Premio Nobel de Economía, Joseph Stiglitz, criticó sin detenerse en eufemismos la ley de eliminación de las AFJP que contra viento y marea impulsa el matrimonio Kirchner. Y el viernes una de las más prestigiosas calificadoras de riesgo de países en problemas le bajó la nota a la Argentina ante la presencia de un escenario local donde podría “darse una desaceleración debido a los shocks negativos externos y domésticos”. Un tecnicismo que no oculta una advertencia para sus clientes: que el riesgo de invertir por estas tierras se ha incrementado considerablemente.
¿Por qué el mundo se iba a condoler con un país cuya pareja gobernante, autista y soberbia, maltrata la propiedad privada y amenaza las inversiones, y hasta se burla de las desgracias ajenas sin el menor rapto de pudor como hizo la presidenta Cristina Fernández?
La destemplada afirmación del mandamás del FMI, que precisó que el país se queda afuera del plan de salvamento de 150.000 millones de dólares porque “no califica”, no es otra cosa que decirle a nuestros gobernantes que no son confiables a los ojos de aquellos organismos que están dispuestos a poner plata allí donde haga falta para empinarse sobre los coletazos de la explosión de la burbuja norteamericana. No ha sido una buena propaganda justamente la decisión apurada y cerrada al análisis previo del gobierno de manotear cien mil millones de pesos de los fondos de pensión. No lo ha sido además porque, si algo ha logrado la globalización, es la velocidad de las comunicaciones. Allá saben tanto como acá en cuestión de segundos que el objetivo del gobierno no es cuidar la plata de nuestros abuelitos, como insiste en plan lastimero y electoralista el ex–presidente Néstor Kirchner, sino el de utilizar esos fondos para saldar deuda y evitar un nuevo default, hacer obra pública para gobiernos provinciales o comunales amigos, y aumentar el gasto político en épocas de campaña como la que ya se ha iniciado con la mira puesta en las legislativas del año que viene.
Penosamente, la Argentina se convierte una vez más, en la escena mundial, en la mala de la película. Y no precisamente por culpa de los sufridos ciudadanos que padecen por estas horas galopantes índices de inseguridad, aumento del desempleo y la pobreza y el destrato del gobierno hacia quienes en forma abrumadoramente mayoritaria decidieron hace apenas un año, y por pedido de la propia administración kirchnerista, seguir afiliados a la jubilación privada. Más bien habría que convenir que el matrimonio gobernante ha terminado por cosechar las toneladas de incertidumbre y baja calidad institucional que supo sembrar con desparpajo y autoritarismo en dosis parecidas.
Abrumado por la ola de críticas que levantó el proyecto aquí y en el exterior, el matrimonio gobernante echó mano a un argumento pueril para intentar calmar las aguas. Cristina dijo en la cumbre de El Salvador y Néstor lo repitió en un mitin político de Florencio Varela que dejen la plata de los jubilados privados en donde está ahora, que es donde sus dueños eligieron que sea administrada.
Con concesiones, tal vez más de forma que de fondo, el gobierno tendrá finalmente su ley de eliminación de las AFJP. Las amenazas apocalípticas de Elisa Carrió o las promesas de una oposición dura del bloque radical no alcanzan a estas alturas para impedir lo que está a la vista. Agustín Rossi llevó a Olivos esta semana dos mensajes: uno en tono de advertencia. Dijo a la pareja que deberán aceptar correcciones al texto original si no quieren sufrir tropiezos como los que ocurrieron durante el tratamiento de las retenciones móviles. Ese punto está acordado, con matices, porque al mismo tiempo los bloques de la oposición no han demostrado mayor empuje que el que ocurre cuando se sientan delante de los medios para arrancarle al oficialismo modificaciones drásticas, sino el retiro liso y llano del proyecto, como pide Patricia Bullrich desde la Coalición Cívica. El otro mensaje es más tranquilizador. El conteo de votos propios, ajenos y hasta dudosos, le permitió a Rossi casi asegurar que el gobierno obtendrá el jueves la media sanción en Diputados. Otro cantar será en el Senado, pero allí nadie se imagina mayores inconvenientes, o escenarios apocalípticos como los de julio pasado. Al menos ese es el panorama que transmiten cerca de José Pampuro.
Hoy hasta en algunos despachos de la oposición en el Parlamento se acepta con resignación que los Kirchner tendrán su ley. ¿Y después qué? Quedará como premio consuelo el hecho de comprobar que efectivamente el gobierno apuró esa ley entre gallos y medianoche porque se ha quedado sin fondos y necesita raspar la lata en alguna parte para afrontar los compromisos de la deuda. Y para hacer clientelismo con la preocupación de que de lo contrario le será muy difícil no sufrir una sangría de poder en las elecciones parlamentarias de medio tiempo que tendrán lugar en octubre del año que viene. El concepto habilita de inmediato una abrumadora sospecha: la idea de que los Kirchner irán cada vez por más en su política de apropiación de lo ajeno cada vez que necesiten llenar de nuevo la caja o evitar una inexorable fuga de aliados hacia posiciones más duras, o lisa y llanamente hacia la oposición.
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