viernes, 22 de febrero de 2008

EL PASADO

El pasado

El odio y la venganza no deben formar parte del presente, porque estos sentimientos nefastos (aún disfrazándolos de justicieros) se trasladarán a los que vienen y se corre el peligro de que se los utilice de igual manera.

Por César Ramón Cuello

Cuando aquí se utiliza el término pasado para referirnos al tiempo anterior al presente y a cosas que sucedieron, se le adjudica calidad sustantiva. Es decir, no la de adjetivo calificador del sustantivo “tiempo”.

La puntualización viene al caso en razón de la tendencia generalizada actualmente, e impulsada por la literatura de “auto ayuda”, a considerar al pasado (en su acepción sustantiva) como lo que ya no tiene valor, lo desechable por funesto y propone a asumir al presente como lo único valedero para construir nuestras vidas.

“Vivir cada día como si fuera el último” es una expresión valiosa en la medida que su observancia incorpora a nuestro acervo todo lo mejor que pueda dar nuestra voluntad de hacer o de no hacer. Pero, no utilizar todo lo que nos puede brindar el pasado sería desechar la experiencia de miles y miles de años de la humanidad sobre el planeta.
De hecho, no se la desecha.

Si bien en gran Einstein dijo que si existe algo infinito esto es la estupidez humana, hasta este punto no alcanza la actitud del género.

Bien que recurre a lo que se hizo para incorporarlo a sus usos en el intento de mejorar cada día sus condiciones de vida, aunque los logros en este sentido no hayan tenido como beneficiarios a toda la humanidad absolutamente.

La experiencia humana de unos cien mil años a esta parte alojada ahí, en el pasado, nos ha puesto en el grado de civilización que hoy en día disfrutamos. Sería absurdo no reconocer todo lo que hicieron los antecesores.

Cada instante del presente, dada su absoluta calidad de efímero, se convierte en pasado apenas va aconteciendo. Así como el futuro, que no tiene presencia porque es nada más que el conjunto de expectativas, fundamentadas o no, sobre lo que puede acontecer, al presente tampoco lo podemos asir para mantenerlo en “nuestras manos”. A medida que se va concretando, cambia la naturaleza temporal de cada hecho, muta y se convierte en pasado. “Mutatis mutandis” para darle consistencia a los tiempos.

Así y todo no debería existir la pretensión de adjudicarle mayor o menor importancia a cada una de esos trozos del tiempo (pasado – presente – futuro). Su integridad son los tres estados.

El futuro es lo que está por venir. No tiene consistencia en los hechos. Fácticamente no existe pero forma parte de los tiempos convirtiéndose poco a poco en presente.

El presente es tan efímero que se nos escapa como el “agua entre los dedos” para alojarse en el pasado en forma inmediata. Su aporte al acervo dependerá de la calidad de sus hechos y tanto mejor será la base donde se asienta nuestra existencia en la medida que lo pasado, el pasado, ofrezca la fortaleza de una bien cimentada construcción.

No podemos transportarnos al futuro y regresar. Tampoco mantener estático al tiempo para “congelar la imagen” del presente. Pero, el pasado “está”. Es el depósito de toda la experiencia individual, grupal o ecuménica. Expresada en toda la diversidad de sus formas. Y si hay algo que lo caracteriza es que no lo podemos modificar. Pero, podemos recurrir a él y de hecho recurrimos. Lo estudiamos, obtenemos de su contenido herramientas para nuestras realizaciones en el presente, para sentirnos orgullosos de haber hecho lo que hicimos, para no hacer lo que no dio los resultados esperados y evitar errores cometidos, para tomarlo como punto de partida en la ampliación del conocimiento, para el arrepentimiento, cuando cargamos con alguna culpa.

Es decir, paradójicamente, el pasado nos ofrece su presencia. Si miramos hacia él podemos razonar sobre por qué somos lo que somos.

La humanidad es lo que ha llegado a ser por lo que hizo. Según haya sido la construcción de nuestro pasado somos lo que somos. “Por sus frutos los conoceréis” dice la Biblia. El hombre es lo que de él hizo su propia historia.

La personalidad que emerge del pasado es el fruto de cada instante que perteneció al presente, tomado del futuro. El pasado es testimonial en la medida que expresa como fue nuestro presente y hasta deducir qué esperábamos del futuro.

La importancia de los hechos en el presente reside en que de la calidad de cada uno de ellos depende la del edificio de nuestras vidas. Así, el pasado nos retrata de cuerpo entero a cada instante.

Nuestro efímero presente será el pasado de las generaciones futuras. Nuestro presente no quedará inerte y sellado como tal, será el pasado para ellas. Luego, hay que construirlo de tal manera que se constituya en el pedestal sobre el cual se levante la integridad de los hombres y mujeres venideros. Para que puedan asumirlo en paz y con la visión de utilizarlo en todas sus facetas, rescatando lo positivo y no teniendo en cuenta lo negativo sino para no reproducirlo.

Al pasado hay que recordarlo, utilizarlo, pero no intentar revivirlo porque ello es imposible. No debe ocupar espacios para construir en el efímero presente sino en la medida que incorpora sabiduría y experiencia.

El pasado de Argentina es el que la puso en el lugar donde ahora se encuentra. Nuestra realidad contemporánea es el fruto de lo que hicieron los hombres que la habitaron los últimos doscientos años y la habitan hoy en día.

A todos y a cada uno de los argentinos debe servir esta realidad, fruto del pasado mediato e inmediato, para sacar las conclusiones que les señale los caminos a recorrer, de los tantos que están hechos. En el Gran Plan del Creador los derroteros están construidos y señalados.

Porque no se hace camino al andar como rezan los versos de un poeta español, impregnados profundamente de ideología marxista, que rechaza lo pre existente y cantados por un camarada de ruta. Los caminos, sin concepción maniqueísta, se presentan ante nosotros en una innumerable gama entre dos extremos, algunos de los cuales son: el amor y el odio, la virtud y el pecado, la lealtad y la traición, la decencia y la indecencia, la honradez y la deshonestidad, el trabajo y la vagancia, la paz y la guerra, la fe y la desesperanza, la humildad y la vanidad, el desenfreno y la cautela.

La huella que vamos dejando simplemente señalan nuestro paso. No debe caerse en la soberbia de que somos los creadores de este mundo. Ni tampoco olvidar que otros estuvieron antes haciendo por nosotros. Sería infame desconocerlo.

El destino que alcancemos será el resultado de los caminos que elijamos recorrer para construirla y en esto nada tiene que ver la geografía, como pretende decir la chata expresión materialista de ideologías fracasadas.

El resultado que vamos alcanzando día a día con nuestro caminar, le va dando forma y consistencia a nuestro pasado, a nuestro currículum vital.

El odio y la venganza no deben formar parte del presente, porque estos sentimientos nefastos (aún disfrazándolos de justicieros) se trasladarán a los que vienen y se corre el peligro de que se los utilice de igual manera. Porque si hoy construimos (o destruimos) con valores negativos podemos llegar, cuando transcurra el tiempo, a ser las víctimas en vez de victimarios Y el cuento sería de nunca acabar.

Cada hecho de cada instante del presente debe servir para sentirnos orgullosos del pasado y poder brindárselo a los que vienen.

La Plata

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