ALTANEROS, PERO ACOMPLEJADOS
Por Alberto Asseff '
Paradoja nacional, somos altaneros acomplejados. Alardeamos a toda hora y ocasión, pero somos conscientes de nuestras labilidades. Hacemos 'la pata ancha', pero nos embarga la inquietud sobre quiénes somos hasta el exceso. Hasta dudamos sobre si genuinamente constituimos un colectivo nacional.
Como siempre es aconsejable comenzar por la cumbre donde se supone que habita el paradigma, tanto el bueno como el perverso, conviene detenerse en la pontificación presidencial de hace unos días en Nueva York. Con fatuidad recomendó a los norteamericanos que tengan y adopten "un plan B" ya que a nosotros nos va de maravillas con el A.
Fue una fanfarronería que recibirá, tarde o temprano, un pase de facturas, de esas gravosísimas para saldar. En pequeño fue como a partir de Pearl Harbour en diciembre de 1941. En los años siguientes desafiamos inconsistente y a la postre erradamente a Washington para luego pagar esa actitud con descapitalización, mengua para nuestro intercambio comercial, rezago tecnológico y operaciones encubiertas en nuestro detrimento. La 'cuarentena' que se nos aplicó es memorable.
Lo peor es que fuimos contradictores para terminar firmando una declaración bélica tardía y claudicante. Ni siquiera fuimos consecuentes, algo que el mundo respeta.
La presidenta no tenía necesidad de provocar discursivamente. ¿Qué ganamos con su agresividad? Pudo, con cordura, expresar su comprensión ante los peligrosos avatares de las finanzas y de la economía de EE UU ya que nosotros en 2001 sufrimos esas conmociones y por ello sabemos de los devastadores efectos sociales y humanos que suscitan algunos próvidos, públicos y privados. Pudo, en suma, ser más prudente que portadora de ideología desvencijada. Además, con la degradación institucional y la decadencia socio-educativa que padecemos no estamos para aleccionar.
Ortega y Gasset diría que la presidenta incurrió en eso del "guarango". Porque no se es guarango sólo diciendo palabras subidas. La soberbia también es una guarangada, al igual que la chabacanería.
No sé si la prudencia es de izquierda o de derecha, pero sí que es buena compañera. Máxime para quienes ostentan responsabilidades políticas y sociales.
Nuestra petulancia irrita sobre todo porque tiene como adlátere a la sensación de inferioridad que proverbialmente padecemos. No tiene sentido que seamos paralelamente presuntuosos y confesemos más debilidades de las que realmente sufrimos. Por caso, nuestro automenoscabo se denuncia con esas recurrentes preguntas que formulamos ante el primer foráneo que nos cruza. ¿Qué saben de nosotros? ¿Cómo nos ven? ¡Qué bueno sería que nos ocupemos de ser en vez de inquirir sobre qué parecemos!
Quizás para el enfado de algunos, vale cotejarnos con la idiosincrasia brasileña. Nuestros vecinos desparraman vanidades como eso de que todo lo propio es los 'más grande del mundo'. Empero lo hacen con una simpatía que bordea la subyugación y que no parece poseer los ribetes de una provocación. En la actualidad no esconden la pobreza y la desigualdad social. La reconocen, pero trabajan todos los días para ensanchar su clase media, esto es la óptima forma de combatirlas.
Nosotros, que tenemos tantos legítimos motivos de estar orgullosos con nuestro país, arrinconamos a esas razones y ponemos en el escenario central, en contraste, nuestras miserias. Lo hacemos del peor modo. A la bajeza le agregamos ocultamiento o disfraz estadístico. O, más grave, hacemos un 'negocio' político de las rémoras, como el de manipular a los pobres para engrosar los votos.
Conocemos que internándonos por la Argentina profunda -y tan sólo yendo acá mismo, a treinta o cuarenta cuadras hacia el sur del Obelisco- hay hermanos que sobreviven en un submundo. Aquello que fue nuestra carta principal de presentación ante propios y extraños, la clase media más vasta del hemisferio sur, hoy se encamina a un pálido recuerdo. Se la castiga cotidianamente, sobrecargándole responsabilidades, incluidas las tributarias, mientras se expande la impunidad para quienes sustraen tajadas inconcebibles de los bienes comunes mediante decenas de maquinaciones y ardides fraudulentos.
Nadie puede lealmente alardear nada en la Argentina ya que aun las cosas dignas de vanagloria siempre serán pocas y escasas a la luz de lo que nuestro país pudo y puede ser. Si tenemos los cinco climas -incluyendo al helado de la Antártida-, amplia superficie, limitada población con hábiles condiciones y carecemos -¿o carecíamos?- de rencores sociales o divisiones ancestrales, no estamos con derecho a ufanarnos de nada de lo logrado porque siempre será insuficiente frente a nuestras potencialidades inconmensurables. Pudimos ser el Japón del sur. Todavía podemos serlo. Pero es ineludible mutar de mentalidad y de actitud.
Mente abierta, sana, incorporadora de valores intangibles -esos que generan de los otros, los que se ven y se tocan- y sobre todas las cosas prudente y humilde. Nunca se ensalzarán todo lo que merecen esas dos virtudes, la prudencia y la humildad. Son herramientas para la grandeza en serio.
Porque nadie debe llamarse a engaño. No propongo una Argentina pequeñita, achicada, apichonada. Por el contrario, se postula una Argentina grande de verdad, no por sus alardes, sino por sus realidades y realizaciones. Y por su calidad de vida y vigencia de la ley.
La fatuidad -la de la conducta y la del discurso- debe inhumarse. Ahí emergerá la Argentina que aun nos hace soñar.
*Presidente de UNIR
Unión para la Integración y el Resurgimiento
pncunir@yahoo.com.ar
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