Para qué apurarse si las mitad de las cosas no tienen solución y la otra mitad se arreglan solas
Las reuniones que mantiene el Gobierno con los representantes de las cuatro entidades del campo por el tema de las retenciones móviles en los últimos treinta días, y otros aspectos de la comercialización agropecuaria, por su exagerado número se parecen más a una ardua disputa por una cuantiosa división de bienes matrimoniales que la búsqueda de un acuerdo entre el Recaudador y los hombres del campo, principales sostenedores del enorme aparato clientelístico político argentino. La tardanza significa que el país y la sociedad pueden esperar casi eternamente que se solucionen las cosas. Cualquier cosa; en cualquier provincia o localidad.
Si al promocionado hombre malo de Economía se le cayó mate cocido en la vestimenta o se lo arrojaron para pelearlo porque se quería ausentar de una reunión que se estaba tornando ríspida; si otro conoido energúmeno quiere cortar totalmente las rutas en caso de que una nueva medida de fuerza de los ruralistas impidan el paso de sus afiliados camioneros; si el pendenciero DElía hace veinte años que no trabaja como “maestro” y aún conserva el cargo; si un ministro amagó renunciar o si realmente presentó la dimisión; si es verdad que los ministeriales están buscando a quién o quiénes podrían estar dispuestos a financiar las pérdidas de los productores agropecuarios más pequeños si es que se produce una nueva medida de fuerza; si la Ciudad de Buenos Aire necesita 1.203.493 litros y medio de leche por día y 19.492 kilos de papas blanca y 23.517 de negra o si Uruguay exporta más chinchulines y tripa gorda que Argentina, a esta altura de los acontecimientos son simples notas de color.
Al Gobierno la cuestión poco le interesa. Eso es lo que demuestra por más reuniones en las que participen sus funcionarios hasta que en algún momento –si es que el hecho todavía no sucedió– le interese. Y eso ocurrirá –si es que aún no pasó– solamente cuando vea –si es que esto no ocurrió– disminuir hasta límites alarmantes el contenido de sus bolsillos y la propia supervivencia en el cargo. Estos dos intereses de ninguna manera son los de la Patria, la Nación, la patria grande bolivariana, los de aquellos que menos tienen, los de las organizaciones sociales “libres” subsidiadas o los de ciertos tipos de derechos humanos, muletillas que usa en forma diaria desde el atril televisado y cuya exposición no tendrían la mínima consistencia en una simple conferencia de prensa.
La Presidente busca un relanzamiento de su gestión. Algo debió fallar en el primer lanzamiento porque hace sólo cuatro meses que heredó la banda de su marido y en tan corto tiempo de gestión aparecieron faltantes de nafta y de monedas, y recrudecieron los paros, secuestros, robos, emisiones y embargos en el exterior de bonos, inflación y otras delicias que fueron acuñadas en la gestión anterior y que es destacada por la publicidad oficial como excelente.
El Gobierno debería hacer primero lo que tiene que hacer: lo que está obligado a hacer. Pero eso concepto es muy de derechas para que pueda aplicarlo. Le espanta. Debería, entre otras cosas, someterse a la Corte Suprema con el tema de la limpieza del Riachuelo y comenzar a pagarle el 82% a los jubilados, porque no puede ser que de acuerdo a su criterio, los jueces sean “independientes” únicamente cuando juzgan a policías o militares. Para esto tiene dinero de sobra. Si puede emitir papeles por un primer valor de cuatro mil millones de dólares para financiar la construcción de una pirámide egipcia de la modernidad bolivariana llamado tren bala –aunque en realidad es un tren rápido (el nombre más adecuado para Argentina)– puede darle vueltas a la manivela para imprimir otros papeles por miles y miles de millones para pagarle deudas a su compatriotas. Si se va emitir que se emita con todo. Esa sería la famosa reactivación de la que tanto se habla.
Habría que considerar la posibilidad que, si el Gobierno no obedece a la Justicia es porque le tiene sin cuidado. Es de esperar que en algún momento lo tenga, aunque sus funcionarios ya no se encuentren en funciones. Pero si la mitad de los problemas en esta vida se arreglan solos y la otra mitad no tienen solución, ¿para qué preocuparse? Por ejemplo, un incendio de setenta mil hectáreas fue apagado por la lluvia y un secuestrado que llevaba dieciséis días en cautiverio fue liberado gracias a un llamado telefónico. Dios no castiga, corrige y es argentino, pero no hay que abusar.
Es políticamente incorrecto manifestar que en este pleito interminable entre Gobierno y gobernados ruralistas, entre administradores y administrados, ambos grupos tienen responsabilidades. Pero CORREO DE BUENOS AIRES no hace política, simplemente garabatea acerca de la realidad argentina, eso sí, entiende que un poco más acertadamente que el INDEC. El Gobierno es responsable por no solucionar la larga lista de problemas que acrecentó en los últimos cinco años porque no puede, no quiere o no sabe. Los agropecuarios deberían meditar por el apoyo dado a las autoridades actuales en las últimas elecciones y también los usuarios de los ferrocarriles metropolitanos, que viajan apretados como ganado que va al matadero, deberían preguntarse acerca de cuál será el beneficio que les reportará la construcción del tren rápido. Muchos argentinos han tomado el hábito de eludir su responsabilidad al momento de exigir soluciones. Pero es humano que así suceda: “Nadie puede admitir su propia torpeza”.
SANCHEZ BOHIL
CORREO DE BUENOS AIRES
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